Cuando pierdo algo, nunca lo busco.
Recuerdo que jamás quise encontrarme contigo, menos buscarte, pero apareciste y ahí quedó.
La mañana y parte del día estuve confusa, como nunca y casi siempre, la más extraña era yo y mis ganas de hablar. Quise hablar de cosas pasadas, de la risa que tuve incontrolable y nadie oyó, de ésa basurita que entra y yo quité. Preferí esperar la respuesta y mantuve mi descontrol con algo de música y esperanza que jamás debió reaparecer. No duró el hecho de mantener la cabeza en algo extra, menos evité lo contrario; hice y deshice en mí.
La llamada llegó de improvisto, mi corazón también. Cada vez que escuché y pude imaginar desde el otro lado, me gustó, y que viniese desde ti mucho mejor. Era típico encuentro sorpresa, lo contradictorio y fácil de estar limpia y dejarse querer entre tanta mierda de día. No pude contenerme y un –sí- se escapó, suerte la mía que fue solo eso.
Entre qué y no, corrí de la misma forma que temí, pero olvidaba el punto negativo y esa asquerosa respuesta que inconscientemente conseguía. La quería rápido, como también estar cerca, hablar como siempre y reír de mí, pero no hubo dudas, llegó de golpe; como el alcohol al estómago.
Comprendí que tiempo atrás cree lo más extraño en cuanto a mi realidad, frené los minutos que nunca tuve, pensé en personajes estúpidos, y sin más ni menos, me inventé fuera de la historia sin saberlo. Era fácil ver tu boca moverse sin detenerse, mientras que en cada pestañeo me olvidaba de quién eras, de lo que fui sin alternativa, eso que jamás recordaré.
Y te perdiste como mis juguetes, el dinero en la ropa, la memoria en éxtasis, en todo y por nada, en mí y lo que nunca busco.
El ladrón tomó hasta el último valor que guardé entre mi piel y máscara, se llevó mi verdadera historia y la que nunca conoció.
Así es, me perdí en muecas y palabras que no quise oír, pero es claro que nadie volvió para encontrarme y decir un –por qué-.
- “perdí un juguete y tú mi respuesta”.