Una tarde de agosto.
Era sin duda el más extraño entre la gente que iba y venía, el menos espontáneo e incapaz. Imposible poder descifrar el sentido de vida que llevaba consigo, peor aún descubrir sus límites en un lugar tan extraño como yo. Decidí por un momento lograr algo, no sé si exorbitado dentro de no saber qué hacer, inclusive intenté tocarlo, sin embargo hubiese sido un golpe para ambos; preferí no arriesgarme. De mi estrecho mundo pude ver qué tal era el suyo, disipando la angustia y creyendo que al fin había chocado con un ser tan imperfecto como siempre. Su televisión tenía canales insólitos, su cama no existía al estar cansado, menos encontraría una historia equilibrada entre libros, era imposible, inexistente y muy obvio al tiempo.
La rapidez en su cabeza me descontrolaba, de tal manera que comencé a desligar mi sentido, el ser innato y opté por unirme al trote, ése tan indescriptible que aún no maneja mi antigua personalidad. No temía las posibles consecuencias, tampoco esperaba arrepentirme sobre un fracaso, sólo esperaba en mi un cambio, una meta y renacer cuando llegara el instante de escapar para siempre.
- Él no tenía, definitivamente no tenía.
Quise escribir cada detalle antes de ver explotar su cabeza, estar tan frío y cálido en minutos, quise contar la historia de un ser que adoraba ser -uno-, aquel sujeto que poco a poco era el enemigo más poderoso de si mismo. Pero me cansé, al punto de dividir mis ganas, enloqueciendo en parte, enamorada en partes.
Creo que viví tres años siendo la misma, tomando sin vergüenza los insultos, reprochando un poco de dignidad y acosando sin cesar el cariño que no existía por mi. A veces te oí con atención, otras me sentí más confundida de lo normal, claro que normal para mi, es enfermo en otra situación. Siempre supe que lo mejor de estar atrapada en una jaula, en un sentimiento de esperanza y desorden emocional; es ser libre en mi mente. No entendiste nada en absoluto, a pesar de querer pintar un elefante una y otra vez, yo crecí siendo experta. Tu lucha constante mató lo que por naturaleza es libre, es mío y de nadie más, pero no importó, no fue necesario ni estuvo demás.
- Eres rojo y negro.
- No, soy yo.
- Por supuesto, eres tú… ¿y quién soy?
- No recuerdo.
Es increíble cuando en forma directa comienzas a olvidar, no quién eres o fuiste, sino lo que realmente puedes ser. Eso olvidaste con tus cambios de ánimo y postura recta, eso -inconscientemente- contagiaste, expandiste y obsequiaste a un -yo- muy débil. Pero me alegro en demasía, no sabes cuánto me alegro.
Después de escapar tuve algo presente, algo que no logré extrañar.
- Soy uno.
- Me alegro.
- realmente lo soy, ¿seamos dos?
- Lo siento, ahora soy nadie.
- no tengo miedo.
- Bueno, yo sí lo tuve.
Y se acabó, para mi sigues siendo el sujeto que no tiene, no sabe y le encanta vengarse. Yo dejé ese lugar tan ambiguo, te ayudé y terminé por ser rojo y negro. Espero que las dos caras que conocí una tarde de agosto puedan ser cuatro, no por despecho, es el hecho de disimular compañía.
- Un ambivalente, el impredecible, el extraño, y por si fuera poco … un callado.
Entre ellos prefiero el que habla poco.
- perdón.
- Doble perdón.
- Doble entonces.
- Lo hice, ni te imaginas.
- ¿Cuántos de los tuyos destruí?
- Los suficientes.
- ¿Y si digo que no fui?
- qué descaro, fuiste tú, doblemente.
- Me siento uno.
- Seguro, inventa tres más y tendrás compañia.
- Eso no es mío, fui víctima de la anterior.
- qué lástima, fui la tuya.

