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Era mi noche, ésa noche que jamás quise incluir en mis asuntos.
Yo Amalia, juro por mi perro que no quiero saber de andanzas, ni cuentos, ni melodías, sólo voy a donde nadie me dirige.
Era enero, sola en casa, viejos amigos en las suyas y mi televisor que no deja de apestarme. Creo haber tenido una leve inquietud durante el día sobre comida, un cigarro y algo barato en el negocio de la esquina, más allá, nada comprometedor. Había algo en el aire, una cosa espesa y extraña, cuando en segundos escucho mi teléfono.
Claramente contesté al quinto pito y vaya que me enterré sola. Apareció una voz y cuerpo frente a mi, con una invitación de aquellas, con el tono de esos que no puedes negarte. Era lejos el tema, el lugar, la compañía y mi cabeza. Entre mi televisor y salir, preferí vestirme, inventar una excusa y me largué.
Cree una firme relación con la calle solitaria, caminé hacia el reencuentro de mi acompañante fémina y de ahí en adelante procuré despabilar toda la noche, alrededor de tragos y humo que mis pulmones bastante necesitaban. Después de ponernos al día y hablar de viejos errores llegamos al punto de caras y gente desconocida, una música que no dejaba de reventar mis oídos, sin embargo, mi cuerpo lo pedía.
Esa noche saludé a uno que otro personaje que meses no veía, pero ahí estaba ese golpe en la cara al rosar, esa cosa que no quiere y lo hace por dignidad. No me dejé llevar por aquella ruptura entre amistades ni quise hacer mierda mi noche en pendejerías.
Tomé bastante y moví el cuerpo entre mujeres, conocí a un sueco y hablé estupideces por horas. No recuerdo cuantas veces fui al baño para mirarme la cara de asquerosa pero bien merecida que tenía … aunque poco me importaba.
STOP, me salté algo.
Él estaba entre ellos y con un saludo frío me alejé.
No sé si al verlo me comí la lengua, no sé si algo dentro me estrangulaba, pero de que existía, existía.
Lo evité toda la noche y moría de frío en la maldita parcela, no sabía si ya era hora de armar mi súper cama o tal vez, en caso D, buscar conversación. Obviamente me rendí y comencé a armar mi cara y carpa. Enredada en palos, cuerdas y cuanta cosa, me di cuenta que no podía armarla, sumándole a eso unos cuantos grados de alcohol y demencia.
Fue ahí cuando aquel saludo frío se acercó a ayudar.
Más que ayuda, se convirtió en juegos de palabras, bromas y algo de “te extrañaba”, pero era imposible hablarlo o demostrar eso dulce que alguna vez existió, no por choque de orgullo ni boberías, sino que el maldito lugar unía tres personajes que tiempo atrás, mataron su lazo.
Ella en un rincón mirando “disimuladamente”, mientras el sujeto en cuestión me ayudaba a armar la carpa. No le doy ni 5 minutos al dialogo y ahí murió.
Mi destreza no ayudó y opté por encerrarme y tratar de dormir, sólo tratar, intentar y conciliar mi mente con tanta mierda y desilusión allá afuera.
Y dormí, me relajé y pensé como bruta que soy, que nada había pasado entre el sujeto y la “dama” que en algún instante provocó piedad en mí, me quedé como imbécil sin hablar e incluso le di un espacio en mi carpa, para evitar que la perra muriese de frío, porque ese hecho era mi misión.
No pasaron las horas, pasaron minutos y la dama se levantó y dijo: “Gracias Amalia, pero no puedo dormir, iré a ver qué pasa afuera”
Yo entre dormida y con odio, respondí nada.
Después de la interrupción no pude descansar, menos con la idea dando vueltas y creyendo que mi suerte iba a ganar, intentando no escuchar e imaginar que algo me mataría.
Y sí, pasó…
Ella se levantó, dio un par de vueltas y cayó sobre él, y yo… ya nada podía hacer.
Escuché besos, movimientos y caricias, era todo a 5 metros de mí, tan cerca como para odiar mis sentidos, quebrar mis ganas y asesinar ésa esperanza de haber perdonado. Y acabé por delirar tapada, estremecer de dolor mientras sus cuerpos se conectaban y rozaban, hacían todo lo que jamás tuve como experiencia.
Ellos sin escrúpulos olvidaron quién fui alguna vez, qué hice para no merecer tanta mierda, olvidaron que estaba cerca y que alguna vez, tiempo atrás… estuve con él y ella, era mi amiga.
¿Pero ya no importa cierto?
Ya nada importa, nada quiero ni dejo que importe, porque el día que deje mi mente hablar, ellos, los dos, morirían de odio y ahí, recién ahí … podrían decir que merecía y merezco la historia mil veces más.
- Escuché besos, movimientos y caricias, pero lo que no oí, fue un “te quiero”.
Y con eso en mi mente, hoy puedo dormir tranquila.
Buenas noches y hasta nunca.


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