martes, 30 de noviembre de 2010

~

Era la noche en que todo parecía quieto, silencioso y muerto, aunque mi mente hablaba de otra forma.
Creí haber hecho mil promesas, unas en cuanto a mi dignidad, mi naturaleza tan marcada y los infinitos vaivenes que respiré.
No estoy aseada, ni por dentro, ni por fuera, parezco algo menos que la imagen, más por donde quieras enredarte y todo lo que no deseo. Permití que una voz baja y suave volara entre mis inquietudes, divulgando quién iba a ser durante años, cómo iba a lucir junto a él y lo hermosa que era al sonreír, pero no lo viví, no lo sentí y solo escuché.
Un trago y 50 cigarros fueron 2 horas, mis piernas dormidas, casi inertes a medida que pasaban los minutos, era atravesarme una y otra vez, sin embargo, nada podría cambiar mi opinión.

Me acercaba a los 210 minutos y nada se veía mejor, nada como aquel improvisado encuentro. Eras el mejor en tus años, ahora, eres el que queda.

- Hola, ¿luzco repugnante no es cierto?

No hubo respuesta, no hubo nada más que volar entre ropas, desaparecerme y sentirme, solo sentirme.
El juego era de él, se manifestaba con cada extremidad, chocando con todas ellas mi cuerpo inalcanzable. No era nada en contra de la vida, pero quería matarlo, asfixiarlo con cada beso que apareciese, con cada travesía entre los dos y nadie más. Era más bien el mejor roce entre dos esperanzas, una inevitable complicidad, un silencio, que más que silencio, era corrupto donde lo viese. Mi velocidad no tenía remedio, en cambio él, me aceleraba la sangre, tocaba mis muslos, me hacía suya, de pies y cabeza, devorando mis caídas y alargando aquella sutil manía que amé desde ahí.
Mi cuerpo similar a odio, así me veía, sin tantos detalles, me amarraba y apretaba sin cesar, diciendo sin detenerse que amaba lo que era y cómo respiraba.


-Ahí fue, cuando me enamoré de nosotros